Después de un semestre apretado de trabajos universitarios, llega la calma. Tranquilidad y reposo algo intempestivos por la espera de las notas. Dos semanas de interrumpidos pensamientos hacia lo que pasará, donde la inseguridad permanece al pie del cañón, perturbando la complacencia del esfuerzo realizado y amenazando un espíritu positivo que intenta conservarse durante la espera.
Durante los 15 días previos a la resolución de las notas, los segundos parecen minutos, éstos se convierten en horas y las horas duran días. Aunque pretendes cubrir el tiempo con una tela de tareas, tu mente persiste a sentir el temor que produce la incertidumbre de los frutos sembrados con esfuerzo e ilusión.
Ilusión porque, además de florecer el enriquecedor fruto del aprendizaje, la semillas den el resultado indicado para alimentar al futuro. Éste, hasta el momento incierto, pero donde siempre me ilumina la luz de la estrella que me guía y que permanece allá donde esté, haciéndome costado.
Ya queda menos… tan sólo una semana, para salir de dudas y saber si la lucha contra lluvias y tormentas, ha valido un triunfo dotado de recompensa. Que resultará un granito más en la batalla frente a una misma y ante la construcción del futuro.
Si no es así, y fallece la esperanza de los buenos resultados, recogeremos las semillas dañadas por los contratiempos, las sanaremos y las volveremos a sembrar. Esta vez, con un nuevo abono llamado fortaleza. Donde sus raíces crecerán hacia lo más profundo, alimentándose de todos los nutrientes ofrecidos, a la espera de un nuevo brote de primavera, donde todo el prado esté repleto de saber y sanado de las heridas que dejó la lucha por llegar.
En ése momento, espero que no muy lejano, se habrá completado un ciclo: el universitario, pero se iniciará otro: el laboral, el cual dará lugar a nuevos sueños, que con fuerza y voluntad, se intentarán hacer realidad.
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