Será un tópico creer que entre generaciones existe un abismo interrelacional, donde permanece una constante divergencia de pensamientos, que nos incita a distanciarnos y reagruparnos por edades.
Pero, en algunas ocasiones, sucede todo lo contrario. Te encuentras más cercana a los pensamientos y actitudes de una generación distinta a la tuya, que cuando intentas interactuar con personas de tu misma edad. En esas ocasiones, te sumerges dentro tuyo, pensando el por qué te ocurre o experimentas una sensación de lejanía cuando intentas cohesionar con jóvenes como tú.
Si a más, a esa diversidad de pensamientos le añades el plus de tener una discapacidad física, éste abismo es reforzado por la carencia de empatía o el no querer sentirse atado ante una demanda de ayuda. De forma llana, pretendo expresar que, algunos jóvenes, regatean la solicitud de quedar con una persona con diversidad funcional para no sentirse privados de las decisiones espontaneas.
Es cierto que, los discapacitados dependemos de terceras personas, no podemos decidir de manera inmediata realizar una actividad como ir de compras, ir al cine o dar un simple paseo. Necesitamos una organización, unos recursos y un tiempo. Factores de los que puede prescindir la gente sin discapacidad. Es por ello que cuando detectan esas limitaciones o ataduras, huyen o esquivan el quedar con conocidos en esta situación, para no sentirse prisioneros de una demanda de soporte que requiere la otra persona. O quizás sea, como me expresó una vez una compañera de universidad, que nuestras necesidades secuenciales y monótonas acaban aburriendo.
El caso es que, sea por lo que sea, en mi caso en particular, percibo una exclusión constante ante la petición de quedar para salir o charlar con alguien de mi edad sin discapacidad. De hecho, siempre me topo con largas o pretextos para demorar el encuentro.
En otras ocasiones, cuando consigo verme con alguna excompañera, percibo una inquietud progresiva porque se acabe el rato. Es como si el tiempo que pasamos juntas se le hiciera interminable, o quizás, lo poco que puedo ofrecer sepa a poco y no florezca un ambiente distendido. Es ahí donde subyace mi preocupación, en la falta de incentivos que puedo ofrecer para mantener y conservar una amistad. Donde la persona tenga interés por compartir unas horas del día, sin que esto se convierta en un suplicio o una obligación.
Por otra parte, como he subrayado, los temas de conversación con personas de mi edad se alejan de mi personalidad. O quizás, al no tener la oportunidad de poder realizar las mismas actividades que los demás, me separan de una realidad permanente en mi generación, lo que añade una piedra más en el muro que se construye entre mi generación y yo.
Mi inquietud o preocupación aumenta al percibir una situación placentera por el simple hecho de mantener una conversación en un bar con personas de 40 o 50 años. Preocupación superficial por el hecho de no poder establecer esa misma relación social con gente de mi edad, pero a la vez, alegría al comprobar que no eres inerte para unos pocos.
Son aquellos que me abren una ventana al mundo, con los cuales aprendo y comparto, donde tan sólo una mirada me puede hacer sentir en igualdad, donde no existe cánones de edad y las diferencias individuales se convierten en atributos sociales a través de experiencias compartidas. No importa el rol que lleves en la vida, son momentos de intercambio de conocimiento y, a la vez, de compartir la actualidad social y a algunas inquietudes del día a día.
Sé que pronto me alejaré de este entorno, pero siempre permanecerá en mi memoria un aprendizaje que me inculca momentos de felicidad. Y es que en la vida no tienes que lograr ser feliz con aquello que deseas sino que la felicidad se encuentra en cada rayo de luz que aparece en el camino que te lleva a tus deseos.
Por lo tanto, aunque no debemos dejar de perseguir nuestros sueños, es bueno gozar de las pequeñas cosas que nos ofrece la vida porque, quizás, son estas las que nos harán más felices que los propios deseos