Protegida entre cuatro paredes, oigo el tictac del reloj sin césar. Dando señales que el tiempo se diluye ante mis ojos, como si se tratase de la brisa marina que varía a cada momento, dejando un olor que se desvanece y el cual no puedo retener.
Donde surge una dicotomía en mi mente de la rapidez con la que quiero que pase este medidor de la vida, que a veces se me hace eterno. En una milésima de segundo puede viajar por mi mente todo un futuro, donde la incertidumbre del mañana parece eterna.
Aun no soy consciente de que, después de 6 años, mañana puede ser el final de una etapa, pero el comienzo de otra. Dejando atrás un ligero aunque enriquecedor equipaje de experiencias y vivencias que siempre permanecerán en cubierta dentro de mi corazón.
Porque los obstáculos han servido para fortalecer la semilla frágil que un día la ayudaron a florecer. Quizás esa ayuda se convirtió en abono para llegar a la meta y, durante el período fértil, desprender virutas de felicidad.
Pero de vuelta a la realidad, me encuentro con un final feliz pero inocuo a la vez, puesto que por más que busco la llave que abra la puerta a un nuevo sendero, no lo hallo. Pico y repico y todos los paños permanecen cerrados.
Puede que sea pronto para persistir en la búsqueda y tarde para rendirse ante la evidencia física, que dificulta la entrada a nuevas posibilidades de futuro. Lo que hace que lo inmediato (en este caso el resultado de las notas) se convierta en imprescindible para iluminar el camino y dar sentido a todos estos años de esfuerzo y dedicación.
El ayer es recuerdo, el hoy es espera y el mañana es incierto.
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