Egoismo o esperanza

Los primeros rayos del sol entran por mi ventana, un nuevo día comienza. Pero en realidad la rutina ocupará la mayor parte de sus horas.
El estudio constante no me deja reflexionar, no hay tiempo, hay que asimilar sin digerir, teoría tras teoría, trabajó tras trabajo. La psicología penetra en mi pensamiento pero sin adquisición, sin reflexión que me lleve a un aprendizaje. Tan sólo queda tiempo para aprobar. El bagaje ha sido intenso pero poco aprovechado, sólo me queda la espina de no haber luchado por una integración fuera de estas cuatro paredes.
Demasiado tarde para arrepentirme, tengo que esforzarme para entender los autores de cada corriente, de cada asignatura. No hay ni un segundo que perder. Las paredes me oprimen pero no de agobio, sino para que me dé prisa, son mis amigas, mis compañeras.
De fondo se oye la televisión, la tiene puesta mi abuela para evadirse y poder realizar las tareas del hogar. Estamos juntas pero separadas, estamos como en universos distintos, nos separan 54 años. A veces estamos tan cerca pero tan lejos a la vez, nos une una amiga en común: la soledad. Soledad que a las dos nos acompaña día tras día, momento tras momento y, quizás, por eso, se convierta en una acompañera. Aquella que nos une, intercambiando palabras, miradas y abrazos de apoyo y cariño.
Llega la hora de comer, todo es muy rápido, falta tiempo para compartir con la otra miembro de la familia aquello que sentimos, quizá por eso nos falta comunicación o puede que. la distancia entre edades, genere un  abismo entre las tres, pero a la vez, un cobijo donde apoyarnos mutuamente.
De nuevo toca seguir estudiando, pero esta vez acompañada, siento el apoyo dentro de una distancia física, donde una voz grave pero dulce me acompaña en la escritura de mis trabajos. A través de esa voz, me llega su energía, su apoyo y cariño. A veces pienso que abuso de esa persona a nivel técnico, pero a la vez, el desarrollo y complejidad de cada trabajo nos hace conocernos aún más.
Esta voz que sale de los altavoces y llega hasta mi corazón, unidos por el alma, nos tenemos uno a otro y eso es lo que da energía, apoyo y felicidad.
Pero el ser humano es egoísta por naturaleza y yo la primera. Aunque lo tengo todo, siempre busco más. Me siento sola a nivel social, ya que como he descrito, a nivel personal tengo un alma en la distancia. Pero siempre busco más,  no lo encuentro, soy integradora social, desintegrada ¡qué paradoja!. Quizás por ello, cuando me brindan una mano, acabo cogiendo el brazo, sin darme cuenta que eso puede terminar cansando.
Y yo sigo en mi soledad, la que me hace reflexionar, dándome cuenta de este error y de muchos más. Dentro de la noche, oscura pero apacible, dueña de mis pensamientos y creadora de mis sentimientos, ya que en ella se desenreda el entramado de mi corazón. Entro dentro de un sueño lleno de esperanza, donde no hay barreras ni fronteras que cruzar, tan sólo un sendero llano donde poder realizar aquello que deseo y, que quizás, la sociedad o, incluso mi propio entorno, no me permite.
Me despierto y los obstáculos permanecen intactos. Pero tengo que seguir, luchar, para algún día hacer realidad esos sueños que me persiguen en el anochecer, pero se alejan al amanecer.
Algunas esperanzas me quedan que no puedo dejar escapar, las debo retener hasta mis objetivos lograr.

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